Materia

El mar azul se lanza con fuerza sobre las rocas, dolorosamente. Daña sus olas inmateriales, seres sin cuerpo que parece que tratan de escapar desesperadamente del océano, con las agujas negras de lava que sobresalen en el acantilado. Un aerosol de espuma blanca cubre como una manta el borde del agua, parece una luna hecha trizas. Luego cae e inútilmente trata de aferrarse con millones de dedos transparentes a la piedra.

Pero vuelve al mar inevitablemente. Y vuelve a lanzarse y a caer. Vuelve a creer en su ser, vuelve a ser casi sólida para convertirse en unas simples manos líquidas sin capacidad de empuñar las espadas negras que se clavan en su figura incorpórea, desgarrándola. Sangra, y su sangre es tan intangible como su forma. Sus manos son sólo caricias efímeras, pero perseverantes.

Vacío

Ahora tenía miedo de algo mucho más terrible. Tenía miedo de que cada vez tenía menos miedo.



(A veces las palabras no pueden expresar lo que la ausencia de palabras explica detalladamente, y el vacío tras el punto final está más lleno de significado que todas las palabras que se encuentran antes de él.)

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Cada vez le resulta más difícil salir a la calle. Es como si estuviera en una reclusión voluntaria.
Esta reclusión voluntaria también se ha traspasado poco a poco a su mente. Ni siquiera yo sé llegar hasta ella.
Antes tenía facilidad para escribir sus sentimientos, ahora todo lo escrito resulta inconexo, indescifrable. Quizá ni siquiera ella sea capaz de entenderlo completamente.

He intentado varias veces descifrar qué pasa por su cabeza. Pero todas y cada una de estas veces me ha sonreído y ha conseguido desviar la conversación a algo gracioso o banal, hasta que me olvido o me doy cuenta de que no podré conseguir entender nada.

Su sonrisa parece sincera. Parece tan sincera que no puedo evitar preguntarme cuándo dejó de sonreír de verdad.

No es la misma desde entonces, ambas lo sabemos. Creo que a ella no le importa. Ahora mismo es como una mula que trabaja día a día sin pensar, sin vivir. Cumple su función de sobrevivir y de hacer creer a todos que su vida sigue siendo igual y que sus ojos son tan alegres como antes.

Quizá deba dejar de importarme a mí también y abandonarme a la simple existencia de cumplir con mi papel en la vida. Quizá los humanos no seamos tan importantes, somos solo una pequeña parte del universo que a nadie importa si vive o si muere.

Pronto seremos como hormigas, y ya nada importará.

La lágrima

Otra noche que decido pasar pegada al cristal de la ventana. Hace mucho que no consigo dormir.
Solo el viento se atreve a susurrar esta noche. Susurra sobre los reflejos blanquecinos de la luna en las copas de los árboles.
Aprovecho el reflejo en la ventana para observarla a ella. Tampoco duerme, pero no cruzamos palabras.
Está sentada en su sofá, con la mirada perdida de los que nunca han podido encontrarla realmente. Está quieta, aunque juraría que a veces acaricia con los dedos el terciopelo viejo, endurecido y apelmazado que cubre el reposabrazos, sin apenas mover la mano. Por lo demás, está completamente rígida. Y pálida, siempre está pálida.
No parece molesta por el fuerte olor a putrefacción que desde hace unos días invade la casa. Ni una mueca, ni una palabra; casi parece que no lo hubiera notado.
Sin embargo, hay algo inquietante en su no moverse, en su silencio. Y sobre todo en sus ojos perdidos. No puedo verlos realmente. Un conjunto de sombras se han encargado de que tomen forma de pozo profundo. Sin embargo, cada vez que los miro parece como si se clavaran en mí y a la vez me atravesaran para observar por la ventana.
Una lágrima oscura se desliza por su mejilla. El oscuro reguero se divide y pronto descubro que la lágrima tiene cientos de cuerpos que recorren con miles de patas desesperadas su cara, invadiéndola con chillidos agudos.
Abro la boca horrorizada, y el reflejo de la ventana me devuelve el gesto. La marea de patitas se precipita desesperada hacia el interior del último pozo descubierto.

Me hacen cosquillas en la garganta.

Cebolla

Ella se encuentra de espaldas a mí. El sonido del cuchillo es rítmico. La cebolla cruje bajo su filo.
La televisión crepita y de vez en cuando se oyen trozos de noticias catastróficas, frases que quedan cortadas de manera poco elegante. La imagen es gris y arenosa.

Veo su rostro reflejado en un caldero sobre el fuego. Su nariz es larga y sus ojos grandes.
Está concentrada en cortar. El olor de la cebolla me hace saltar las lágrimas.

Se gira un poco para apartar su pelo largo y sin brillo, y su reflejo en una tetera metálica me devuelve una mirada perdida con unos ojos pequeños y una nariz porcina.

El sonido del agua goteando se une al compás del cuchillo. Busco con la mirada, pero no es el grifo. Un líquido rojo se precipita desde la mesa sobre la que ella está apoyada. Cae en una olla situada a su lado, en el suelo, con un sonido metálico.

Ella alarga un poco la mano izquierda para coger otra cebolla, salpicando con un reguero rojo oscuro. Su mano está pegajosa.

Miro mi mano por acto reflejo. Las moscas se agolpan sobre la sangre seca de mis dedos.

Cuando termina de cortar, añade la cebolla rojiza al caldero.

Gris

A la luz de la luna, solo veo un cadáver de un burro gris.
Está tumbado en un lecho cómodo, espeso y oscuro.
El sonido crujiente y zumbante de la descomposición se mezcla con el del viento que revuelve las plantas muertas y frías a su alrededor.
El burro no se queja siendo devorado por el tiempo y por la vida. El hocico de un lobo moviéndose en su interior a veces hace parecer que respira.
En las cuencas de los ojos del lobo, hay supervivencia. Dentro de las del burro, varias manos agitan unos deditos minúsculos y blanquecinos que buscan alimento en el barro rojo.
El gris está tranquilo así.
Cuando llega el momento, el gris se pone en pie y se marcha, dejando al lobo y un rastro de tripas en su cama.

A la luz de la mañana, veo al mismo burro tirando de su arado. En sus ojos todavía habitan los gusanos.

Pequeña

La pequeña dedica todas sus horas a este trabajo. Con sus pequeñas y rápidas manos, mueve sus deditos diminutos con una precisión delicada. Toma una "a" y la transforma en una "e". Toma una interrogación y separa el punto del resto del signo. Coloca el punto en su sitio, y se reserva la otra parte, con la que más adelante hará seguramente una "g".

La "g" siempre ha sido su letra favorita. Le gusta deleitarse haciendo florituras con el ganchito de abajo, y hacer un gracioso círculo en la parte de arriba.

Así, día tras día, se dedica a traducir miles de palabras encerradas en celdas diminutas a algo que no haga daño al abandonar la prisión.

No sabe exactamente qué problema hay con esas palabras. Solo sabe que, tal y como están puestas, en ese orden, por muy correctas que sean sintácticamente, hacen daño al salir. Se atropellan y se atragantan. Y sabe que si no salen, se acumulan impidiendo que Ella pueda respirar.

Sabe que tampoco puede hacer mucho. Aunque fuera más rápida, las palabras vienen a una velocidad muy grande y siempre quedan restos de aes tiradas por todas partes -"¿por qué utiliza tantas aes?" se ha preguntado siempre la pequeña.

A veces se salta las normas y echa un vistazo a las frases o las palabras y recuerda por qué prefiere ser buena y no mirar. Rara vez hay palabras positivas encarceladas. "¿Será por eso que las encierra con tanta insistencia?" se pregunta. Pero su pregunta solo resuena y resuena, y sus palabras acaban en una de las cárceles, apretadas entre gritos silenciosos de esos que luego tendría que transformar en palabras como éstas.

¡Gracias por leer mis estupideces!