No escribo mucho últimamente. No sé si eso es algo bueno o malo. Suelo escribir cuando me carcome algo por dentro y soy incapaz de expresarlo abiertamente.
Por lo general, he tenido dos motivos en mi vida para no escribir. El primero, es sentir que no logro nada haciéndolo. Que no soy capaz de arrancar de mis sesos las ideas absurdas que se enganchan con sus uñas afiladas hasta hacerlos trizas. Y que no vale nada ni una sola palabra que salga de estas manos conectadas a un cerebro inútil.
Esta sensación me ha acompañado muchos días encaramada a mi espalda, susurrándome al oído, apretándome el cuello. Admito que cumplió la función de no dejarme sentir sola.
Mi otro motivo no sé muy bien explicarlo. Es como si aplicara una anestesia a esos pequeños demonios insistentes y se quedaran simplemente durmiendo en el mismo sitio.
Absurdo. No preocuparme me hace sentir que no estoy utilizando completamente mi cerebro. ¿No es como una prueba más de que la ignorancia hace la felicidad?
Lucho contra esos pensamientos cada día y voy ganando la batalla. Creo que he tomado la inteligente decisión de no tener miedo a sentirme estúpida.
Aun así, no doy la guerra por ganada. No aguanto siempre en pie. A veces ellos despiertan y me golpean con sus pequeños puños hasta que soy un amasijo de carne acurrucada en el suelo.
Pero cada vez son menos estos días.
Y no negaré que tengo miedo. Temo no preocuparme, temo estar con la guardia baja cuando llegue el momento de caer. Me siento ciega, como disfrutando de una caída con los ojos cerrados creyendo que el paracaídas se abrirá solo en el momento justo, pero sabiendo, en el fondo de mi mente, que esto no va a ocurrir.
Sin embargo, ¿no es eso la vida?
Disfrutar con los ojos cerrados de la caída sin temer el golpe final.
Hola.
2
respuestas.
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Autopsia del miedo
Unos dedos minúsculos se apoyan en el borde de la boca que
se abre en el terreno, que es de una oscuridad envolvente, entera, asfixiante.
Los ojos siguen a los dedos y observan temerosos otros ojos vacíos y
absorbentes en el fondo. La negrura absorbe las lucecitas que proyectan, que
resbalan de las cuencas y caen al vacío. Caen, caen, caen. Desaparecen.
Ahora es la tenebrosa brecha la que con sus dedos afilados
pincha el borde de la tierra. La oscuridad es humo que se arrastra espeso por
el suelo, cubriéndolo todo de su negro áspero, ahogando todo rastro de vida que
encuentra a su paso. La arrolla, la aplasta, la marchita y la reduce a cenizas
que se mezclan con el humo, y se torna cada vez más fuerte.
Noche invencible, inevitable. Te miro a los ojos y me
derrotas otra vez, mientras estiras tu mano de tentáculos de humo de cenizas de
vidas perdidas, y con ella abrazas mi alma hasta que no queda más aliento en
ella.
Despertar
¿Es posible que exista algo después de la muerte? ¿Llevo tanto tiempo equivocada?
No.
Me noto respirar.
No puede ser.
No quiero abrir los ojos.
¿Por qué respiro?
Todo ha sido para nada.
Cierro con más fuerza los ojos y noto una lágrima resbalar de mi ojo a mi oreja.
Tras mis párpados noto que hay una fuerte luz. No quiero verla. Estoy respirando, no es el cielo.
Me costó conseguirlo. Me sentía tan feliz... Se iba a acabar todo. Ya no tendría que seguir soportándolo.
Lo recuerdo. Una sombra borrosa entró en la habitación. Yo sonreía y le decía adiós con la mano. Por fin no nos volveríamos a ver. Iba a ser libre de mí misma.
Quería ponerme en pie y abrazar a la sombra por la dicha que sentía, pero mis rodillas fallaron y caí al suelo aún sonriendo.
Ante mis ojos se abría paso un oscuro riachuelo. Por la base era mucho más ancho, pero no alcancé a ver el origen. Era tan hermoso...
Rojo, era rojo.
Lloré de felicidad. Dejé que mi mente fluyera con el río hasta que noté que mis ojos se cerraban. Pronto no habría vuelta atrás...
Pero la hubo. No quiero abrir los ojos nunca.
Oigo mi nombre. Me preguntan si estoy despierta. Sin abrir los ojos, asiento. Quiero ocultar la cara, pero estoy inmovilizada.
No tendré más oportunidades.
Ahora que no ha habido fin sí que se ha acabado todo.
No.
Me noto respirar.
No puede ser.
No quiero abrir los ojos.
¿Por qué respiro?
Todo ha sido para nada.
Cierro con más fuerza los ojos y noto una lágrima resbalar de mi ojo a mi oreja.
Tras mis párpados noto que hay una fuerte luz. No quiero verla. Estoy respirando, no es el cielo.
Me costó conseguirlo. Me sentía tan feliz... Se iba a acabar todo. Ya no tendría que seguir soportándolo.
Lo recuerdo. Una sombra borrosa entró en la habitación. Yo sonreía y le decía adiós con la mano. Por fin no nos volveríamos a ver. Iba a ser libre de mí misma.
Quería ponerme en pie y abrazar a la sombra por la dicha que sentía, pero mis rodillas fallaron y caí al suelo aún sonriendo.
Ante mis ojos se abría paso un oscuro riachuelo. Por la base era mucho más ancho, pero no alcancé a ver el origen. Era tan hermoso...
Rojo, era rojo.
Lloré de felicidad. Dejé que mi mente fluyera con el río hasta que noté que mis ojos se cerraban. Pronto no habría vuelta atrás...
Pero la hubo. No quiero abrir los ojos nunca.
Oigo mi nombre. Me preguntan si estoy despierta. Sin abrir los ojos, asiento. Quiero ocultar la cara, pero estoy inmovilizada.
No tendré más oportunidades.
Ahora que no ha habido fin sí que se ha acabado todo.
Parálisis
La hora a la que se despertó es indiferente. Era una noche de luna menguante, sin mucha luz.
Dormía. Respirar le resultaba cada vez más difícil. Sentía como si el manto de la noche le hubiera caído encima y la envolviera. Su respiración se aceleraba, pero no entraba oxígeno en su cuerpo. El aire se le agotaba. Sentía que iba a explotar si no daba una bocanada de aire. Su cuerpo quería revelarse, pero no era capaz de mover un sólo músculo.
Cada extremidad de su cuerpo comenzaba a doler de la fuerza que empleaba en tratar de romper con la asfixiante inmovilidad. Sólo su aparato respiratorio parecía responder y no obtenía resultado.
Le hormigueaba todo el cuerpo. Los sonidos de la noche eran lejanos, tapados por el propio sonido frenético de su pulso. Su resistencia era cada vez más inútil.
Abrió los ojos. Sus cuerpo ya no oponía resistencia. Ya no notaba la dificultad para respirar.
Se incorporó y se levantó de la cama, sin atreverse a mirar aquél lugar que la había mantenido apresada inmóvil. No era miedo, ahora todas sus emociones se sentían lejanas, ajenas a su cuerpo.
Más por costumbre que por necesidad, fue a lavarse la cara. Esperaba que sentir el agua fría sobre su piel despertaría su mente y su cuerpo, pero salía caliente, a su misma temperatura, y ella no sentía nada.
Su reflejo en el espejo sobre el lavabo le devolvía la mirada. Con el tiempo casi había aprendido a aceptar esos ojos que siempre había odiado, pero no pasaba así con el resto de sí misma.
Esta vez no apartó la mirada, asqueada. Se mantuvo así. Ya no sentía vergüenza o dolor, aunque tampoco lo contrario.
El reflejo del espejo tenía algo inquietante. Como si no fuera ella. Como si fuera la primera vez que contemplaba ese cuerpo, esa cara. Sus rasgos eran menos marcados. No más bonitos, pero más suavizados. Su nariz, que antes era tan larga como su cara, sólo era una nariz alargada. Sus ojos minúsculos solo eran algo más pequeños de lo normal.
Aún así, no era un rostro bonito, ni una silueta agradable.
Se secó la cara y las manos, y volvió hacia su habitación.
En su cama las mantas enrolladas parecían formar un cuerpo tendido. Cuando las levantó para entrar, se quedó paralizada.
Tendida en la cama se encontraba ella.
Tenía los ojos abiertos, como contemplando la nada. Estaba inmóvil. No respiraba, no parpadeaba.
Sus brazos se cruzaban en su pecho, y sus manos aún reposaban en su cuello, como si siguieran apretándolo.
Dormía. Respirar le resultaba cada vez más difícil. Sentía como si el manto de la noche le hubiera caído encima y la envolviera. Su respiración se aceleraba, pero no entraba oxígeno en su cuerpo. El aire se le agotaba. Sentía que iba a explotar si no daba una bocanada de aire. Su cuerpo quería revelarse, pero no era capaz de mover un sólo músculo.
Cada extremidad de su cuerpo comenzaba a doler de la fuerza que empleaba en tratar de romper con la asfixiante inmovilidad. Sólo su aparato respiratorio parecía responder y no obtenía resultado.
Le hormigueaba todo el cuerpo. Los sonidos de la noche eran lejanos, tapados por el propio sonido frenético de su pulso. Su resistencia era cada vez más inútil.
Abrió los ojos. Sus cuerpo ya no oponía resistencia. Ya no notaba la dificultad para respirar.
Se incorporó y se levantó de la cama, sin atreverse a mirar aquél lugar que la había mantenido apresada inmóvil. No era miedo, ahora todas sus emociones se sentían lejanas, ajenas a su cuerpo.
Más por costumbre que por necesidad, fue a lavarse la cara. Esperaba que sentir el agua fría sobre su piel despertaría su mente y su cuerpo, pero salía caliente, a su misma temperatura, y ella no sentía nada.
Su reflejo en el espejo sobre el lavabo le devolvía la mirada. Con el tiempo casi había aprendido a aceptar esos ojos que siempre había odiado, pero no pasaba así con el resto de sí misma.
Esta vez no apartó la mirada, asqueada. Se mantuvo así. Ya no sentía vergüenza o dolor, aunque tampoco lo contrario.
El reflejo del espejo tenía algo inquietante. Como si no fuera ella. Como si fuera la primera vez que contemplaba ese cuerpo, esa cara. Sus rasgos eran menos marcados. No más bonitos, pero más suavizados. Su nariz, que antes era tan larga como su cara, sólo era una nariz alargada. Sus ojos minúsculos solo eran algo más pequeños de lo normal.
Aún así, no era un rostro bonito, ni una silueta agradable.
Se secó la cara y las manos, y volvió hacia su habitación.
En su cama las mantas enrolladas parecían formar un cuerpo tendido. Cuando las levantó para entrar, se quedó paralizada.
Tendida en la cama se encontraba ella.
Tenía los ojos abiertos, como contemplando la nada. Estaba inmóvil. No respiraba, no parpadeaba.
Sus brazos se cruzaban en su pecho, y sus manos aún reposaban en su cuello, como si siguieran apretándolo.
Materia
El mar azul se lanza con fuerza sobre las rocas, dolorosamente. Daña sus olas inmateriales, seres sin cuerpo que parece que tratan de escapar desesperadamente del océano, con las agujas negras de lava que sobresalen en el acantilado. Un aerosol de espuma blanca cubre como una manta el borde del agua, parece una luna hecha trizas. Luego cae e inútilmente trata de aferrarse con millones de dedos transparentes a la piedra.
Pero vuelve al mar inevitablemente. Y vuelve a lanzarse y a caer. Vuelve a creer en su ser, vuelve a ser casi sólida para convertirse en unas simples manos líquidas sin capacidad de empuñar las espadas negras que se clavan en su figura incorpórea, desgarrándola. Sangra, y su sangre es tan intangible como su forma. Sus manos son sólo caricias efímeras, pero perseverantes.
Pero vuelve al mar inevitablemente. Y vuelve a lanzarse y a caer. Vuelve a creer en su ser, vuelve a ser casi sólida para convertirse en unas simples manos líquidas sin capacidad de empuñar las espadas negras que se clavan en su figura incorpórea, desgarrándola. Sangra, y su sangre es tan intangible como su forma. Sus manos son sólo caricias efímeras, pero perseverantes.
Vacío
Ahora tenía miedo de algo mucho más terrible. Tenía miedo de
que cada vez tenía menos miedo.
(A veces las palabras no pueden expresar lo que la ausencia
de palabras explica detalladamente, y el vacío tras el punto final
está más lleno de significado que todas las palabras que se encuentran antes de
él.)
.
Cada vez le resulta más difícil salir a la calle. Es como si estuviera en una reclusión voluntaria.
Esta reclusión voluntaria también se ha traspasado poco a poco a su mente. Ni siquiera yo sé llegar hasta ella.
Antes tenía facilidad para escribir sus sentimientos, ahora todo lo escrito resulta inconexo, indescifrable. Quizá ni siquiera ella sea capaz de entenderlo completamente.
He intentado varias veces descifrar qué pasa por su cabeza. Pero todas y cada una de estas veces me ha sonreído y ha conseguido desviar la conversación a algo gracioso o banal, hasta que me olvido o me doy cuenta de que no podré conseguir entender nada.
Su sonrisa parece sincera. Parece tan sincera que no puedo evitar preguntarme cuándo dejó de sonreír de verdad.
No es la misma desde entonces, ambas lo sabemos. Creo que a ella no le importa. Ahora mismo es como una mula que trabaja día a día sin pensar, sin vivir. Cumple su función de sobrevivir y de hacer creer a todos que su vida sigue siendo igual y que sus ojos son tan alegres como antes.
Quizá deba dejar de importarme a mí también y abandonarme a la simple existencia de cumplir con mi papel en la vida. Quizá los humanos no seamos tan importantes, somos solo una pequeña parte del universo que a nadie importa si vive o si muere.
Pronto seremos como hormigas, y ya nada importará.
Esta reclusión voluntaria también se ha traspasado poco a poco a su mente. Ni siquiera yo sé llegar hasta ella.
Antes tenía facilidad para escribir sus sentimientos, ahora todo lo escrito resulta inconexo, indescifrable. Quizá ni siquiera ella sea capaz de entenderlo completamente.
He intentado varias veces descifrar qué pasa por su cabeza. Pero todas y cada una de estas veces me ha sonreído y ha conseguido desviar la conversación a algo gracioso o banal, hasta que me olvido o me doy cuenta de que no podré conseguir entender nada.
Su sonrisa parece sincera. Parece tan sincera que no puedo evitar preguntarme cuándo dejó de sonreír de verdad.
No es la misma desde entonces, ambas lo sabemos. Creo que a ella no le importa. Ahora mismo es como una mula que trabaja día a día sin pensar, sin vivir. Cumple su función de sobrevivir y de hacer creer a todos que su vida sigue siendo igual y que sus ojos son tan alegres como antes.
Quizá deba dejar de importarme a mí también y abandonarme a la simple existencia de cumplir con mi papel en la vida. Quizá los humanos no seamos tan importantes, somos solo una pequeña parte del universo que a nadie importa si vive o si muere.
Pronto seremos como hormigas, y ya nada importará.
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