Ecos de ti


Me cuesta creer que mañana me despertaré y no te veré en la cocina, nevando todo con harina, sacando una copita de algo para bebértela tú mientras haces la comida y diciendo que ese es el ingrediente secreto.
Me cuesta creer que tus sabores no volverán a estar en nuestra mesa. Sólo un ligero toque que nos has dejado en herencia. Tus bromas, tu humor afilado, tus comentarios irónicos, todo eso se fue contigo.
Tengo miedo de no poder recordarte todo lo que te mereces ser recordado.
Por eso te escribo tanto últimamente. No quiero perder lo poco (o mucho) que queda de ti.
Tu eco te hace presente. Siempre lo estás. Y aunque mi cabeza no sea buena recordando, mi cuerpo sí. Mis manos no olvidan tu pelo entre mis dedos, mis brazos aún saben cómo se sentía estar entre los tuyos, mis mejillas saben cómo es que las pellizques. Mis oídos aún tienen restos de tu voz.

¿Cómo es posible que el mundo siga girando tan tranquilamente ahora que ya no estás? ¿No se tendría que haber detenido? Si todo es tan relativo, ¿cómo es posible que el tiempo haya seguido sin pararse, sin ralentizarse al menos?

Te escribo

Todavía no me siento lo suficientemente fuerte como para llorarte todo lo que tengo que llorarte.
No me lo creo. No lo creo. No creo.
Te escribo a ti que no puedes leerlo. Te escribo porque resulta que me leías. Te escribo porque te pienso y quiero ser tan fuerte como tú. Te escribo porque sigo teniendo el reflejo de poner un plato más en la mesa. Te escribo porque escribirte es hacer como si estuvieras aquí. Escribir es materializar. Te materializo.

Agujero negro

El frío recorre con sus dedos minúsculos todo mi cuerpo. Me acaricia los brazos, las piernas, los párpados. Me seca los ojos con su aliento. Se enreda en mi pelo, se descontrola bailando con él.
La luna me alumbra tenue. Me empalidece. Su luz se extiende por mi piel y salta en el cristal de mi reloj, lamiendo las manecillas diminutas, que siguen su camino como filas de hormigas.
Camino descalza, el suelo se queja de mis pasos, cruje. Hojas, ramas resquebrajadas, escarabajos, orugas, gusanos, todo se pelea con mi presencia.
Susurros roncos se abrazan a mis oídos, me advierten. Gritos. Pero no puedo parar. Me siento inevitablemente atraída a ese lugar.
El viento me empuja hacia él con violencia, tensa las telas de mi vestido, las vuelve sólidas. Soy la vela de un barco imparable, sin guía, en manos únicamente de la naturaleza que me arroja con fuerza hacia adelante. 
Caigo de rodillas. Me aferro al borde del punto en donde el tiempo y el espacio se pliegan sobre sí mismos. Siento que me absorbe la nada. Me arrastra, me rompe, me hace jirones la piel. Me desnuda arrancándome el reloj y la ropa para engullirlas en la oscuridad más absoluta.Me levanto.
Un cuerpo débil, perecedero, pálido, lleno de tierra y sangre. Se me desgarra la garganta. El pulso me golpea las sienes. Avanzo hacia el vacío. Paso a paso.
La nada. No es oscuridad, es la ausencia total, absoluta y definitiva de la luz. Un agujero negro. 
Podría observarlo toda la vida. Podría dar un paso más.

Relatividad

No hay absolutamente nada más inconsistente que la realidad.

Qué certeza hay si nuestra percepción regula y cambia el mundo a cada segundo. Qué certeza hay si cada recuerdo es una deformación abstracta de la percepción ya de por sí cambiada de lo que se supone que existe fuera. Y ese "fuera", esa supuesta realidad para los seres humanos que no es más que una convención inevitable para poder construir una sociedad,...

¿existe?

Mi consciencia no es más que un cúmulo de impresiones tratando de encontrar un orden a un caos indescifrable. Intentando inculcar una narrativa, una línea temporal que marque y dé sentido a mi existencia, a mi forma de afrontar el mundo.

¡Una línea temporal! Como si el tiempo fuera una verdad universal fuera de nuestra subjetividad.

Es simplemente absurdo.

Aquí me encuentro, desprovista de la realidad en sus cuatro dimensiones.

Me gustaría renegar de todo. Aceptar la inexistencia del pasado, del futuro, y la instantaneidad del presente. Aceptar que ya no es, no está en el mundo lo que es pasado, eso de lo que solo conservo una informe huella construida de imágenes sensitivas.

Pero sin embargo, es todo lo que me queda de ella.

La jaula

Abrió los ojos, ya molesta por la débil luz que se colaba en el interior de la estancia. Había pasado ya mucho tiempo desde la última vez.

La penumbra de la habitación le resultaba deslumbrante. Se había acostumbrado demasiado a la oscuridad con que sus párpados abrigaban su mirada.

Se levantó como una autómata y caminó hasta su viejo tocador descolorido, acariciando con las puntas de sus huesudos dedos los barrotes de su jaula. Estos desprendieron herrumbre a su paso, como la corteza muerta de un delgado árbol podrido y resquebrajado.

Su paso la llevó hasta el asiento frente al espejo agrietado y sucio, y, como tantas otras veces, contempló la estancia desde el oscuro reflejo que le devolvía. Una capa de polvo se había adherido a cada superficie de su lúgubre cárcel privada.

Contempló el exterior entre las delgadas varillas de la jaula. Día y noche se sucedían a toda velocidad. Todo era borroso y confuso. Una lluvia de pinceladas de imágenes diferentes se mezclaba sin sentido, el tiempo y el espacio no se ponían de acuerdo mientras ella observaba.

Y por delante de todo, los mugrientos barrotes.

Cuánto tiempo llevaba encerrada es algo que no podía recordar. No tenía conciencia de haber sido niña nunca, podía haber nacido ahí o simplemente haber olvidado que lo fue. Solo sabía que nunca podría salir.

Sus ojos repasaron el oxidado armazón por primera vez en mucho tiempo. Arrastró torpemente la mirada hasta donde creía recordar que se encontraba la infranqueable puerta. Y allí, su vista se tropezó por primera vez con la cerradura de la jaula, antigua, complicada, imponente, invencible.

Había algo extraño en ella. Esperaba ver un débil punto de luz en el agujero donde iría la llave. Lo comprendió rápidamente: no había oportunidad de salir, la cerradura había sido sellada.

Se levantó de la silla y lentamente se acercó hasta la cerradura, temblando. En la penumbra, sus ojos adivinaron lo que sus temerosos dedos acabaron por confirmar.

Su corazón se desbocaba, oía cada latido frenético como un tambor en sus oídos. Y por fin, la tocó.

Allí, en la cerradura, incrustada, al alcance de su mano, había reposado la llave desde el momento en que ella misma había decidido encerrarse.

Y entonces, recordó.



Un grito resonó en la nada, y nadie vio caer con fuerza una enorme llave enmohecida a un charco de barro rojo y espeso.

Hola.

No escribo mucho últimamente. No sé si eso es algo bueno o malo. Suelo escribir cuando me carcome algo por dentro y soy incapaz de expresarlo abiertamente.

Por lo general, he tenido dos motivos en mi vida para no escribir. El primero, es sentir que no logro nada haciéndolo. Que no soy capaz de arrancar de mis sesos las ideas absurdas que se enganchan con sus uñas afiladas hasta hacerlos trizas. Y que no vale nada ni una sola palabra que salga de estas manos conectadas a un cerebro inútil.

Esta sensación me ha acompañado muchos días encaramada a mi espalda, susurrándome al oído, apretándome el cuello. Admito que cumplió la función de no dejarme sentir sola.
Mi otro motivo no sé muy bien explicarlo. Es como si aplicara una anestesia a esos pequeños demonios insistentes y se quedaran simplemente durmiendo en el mismo sitio.

Absurdo. No preocuparme me hace sentir que no estoy utilizando completamente mi cerebro. ¿No es como una prueba más de que la ignorancia hace la felicidad?

Lucho contra esos pensamientos cada día y voy ganando la batalla. Creo que he tomado la inteligente decisión de no tener miedo a sentirme estúpida.

Aun así, no doy la guerra por ganada. No aguanto siempre en pie. A veces ellos despiertan y me golpean con sus pequeños puños hasta que soy un amasijo de carne acurrucada en el suelo. Pero cada vez son menos estos días.

Y no negaré que tengo miedo. Temo no preocuparme, temo estar con la guardia baja cuando llegue el momento de caer. Me siento ciega, como disfrutando de una caída con los ojos cerrados creyendo que el paracaídas se abrirá solo en el momento justo, pero sabiendo, en el fondo de mi mente, que esto no va a ocurrir.

Sin embargo, ¿no es eso la vida?

Disfrutar con los ojos cerrados de la caída sin temer el golpe final.

Autopsia del miedo

Unos dedos minúsculos se apoyan en el borde de la boca que se abre en el terreno, que es de una oscuridad envolvente, entera, asfixiante. Los ojos siguen a los dedos y observan temerosos otros ojos vacíos y absorbentes en el fondo. La negrura absorbe las lucecitas que proyectan, que resbalan de las cuencas y caen al vacío. Caen, caen, caen. Desaparecen.

Ahora es la tenebrosa brecha la que con sus dedos afilados pincha el borde de la tierra. La oscuridad es humo que se arrastra espeso por el suelo, cubriéndolo todo de su negro áspero, ahogando todo rastro de vida que encuentra a su paso. La arrolla, la aplasta, la marchita y la reduce a cenizas que se mezclan con el humo, y se torna cada vez más fuerte.


Noche invencible, inevitable. Te miro a los ojos y me derrotas otra vez, mientras estiras tu mano de tentáculos de humo de cenizas de vidas perdidas, y con ella abrazas mi alma hasta que no queda más aliento en ella.

Despertar

¿Es posible que exista algo después de la muerte? ¿Llevo tanto tiempo equivocada?
No.
Me noto respirar.
No puede ser.
No quiero abrir los ojos.
¿Por qué respiro?
Todo ha sido para nada.
Cierro con más fuerza los ojos y noto una lágrima resbalar de mi ojo a mi oreja.
Tras mis párpados noto que hay una fuerte luz. No quiero verla. Estoy respirando, no es el cielo.

Me costó conseguirlo. Me sentía tan feliz... Se iba a acabar todo. Ya no tendría que seguir soportándolo.
Lo recuerdo. Una sombra borrosa entró en la habitación. Yo sonreía y le decía adiós con la mano. Por fin no nos volveríamos a ver. Iba a ser libre de mí misma.
Quería ponerme en pie y abrazar a la sombra por la dicha que sentía, pero mis rodillas fallaron y caí al suelo aún sonriendo.
Ante mis ojos se abría paso un oscuro riachuelo. Por la base era mucho más ancho, pero no alcancé a ver el origen. Era tan hermoso...
Rojo, era rojo.
Lloré de felicidad. Dejé que mi mente fluyera con el río hasta que noté que mis ojos se cerraban. Pronto no habría vuelta atrás...
Pero la hubo. No quiero abrir los ojos nunca.

Oigo mi nombre. Me preguntan si estoy despierta. Sin abrir los ojos, asiento. Quiero ocultar la cara, pero estoy inmovilizada.
No tendré más oportunidades.
Ahora que no ha habido fin sí que se ha acabado todo.

Parálisis

La hora a la que se despertó es indiferente. Era una noche de luna menguante, sin mucha luz.
Dormía. Respirar le resultaba cada vez más difícil. Sentía como si el manto de la noche le hubiera caído encima y la envolviera. Su respiración se aceleraba, pero no entraba oxígeno en su cuerpo. El aire se le agotaba. Sentía que iba a explotar si no daba una bocanada de aire. Su cuerpo quería revelarse, pero no era capaz de mover un sólo músculo.
Cada extremidad de su cuerpo comenzaba a doler de la fuerza que empleaba en tratar de romper con la asfixiante inmovilidad. Sólo su aparato respiratorio parecía responder y no obtenía resultado.
Le hormigueaba todo el cuerpo. Los sonidos de la noche eran lejanos, tapados por el propio sonido frenético de su pulso. Su resistencia era cada vez más inútil.
Abrió los ojos. Sus cuerpo ya no oponía resistencia. Ya no notaba la dificultad para respirar.
Se incorporó y se levantó de la cama, sin atreverse a mirar aquél lugar que la había mantenido apresada inmóvil. No era miedo, ahora todas sus emociones se sentían lejanas, ajenas a su cuerpo.
Más por costumbre que por necesidad, fue a lavarse la cara. Esperaba que sentir el agua fría sobre su piel despertaría su mente y su cuerpo, pero salía caliente, a su misma temperatura, y ella no sentía nada.
Su reflejo en el espejo sobre el lavabo le devolvía la mirada. Con el tiempo casi había aprendido a aceptar esos ojos que siempre había odiado, pero no pasaba así con el resto de sí misma.
Esta vez no apartó la mirada, asqueada. Se mantuvo así. Ya no sentía vergüenza o dolor, aunque tampoco lo contrario.
El reflejo del espejo tenía algo inquietante. Como si no fuera ella. Como si fuera la primera vez que contemplaba ese cuerpo, esa cara. Sus rasgos eran menos marcados. No más bonitos, pero más suavizados. Su nariz, que antes era tan larga como su cara, sólo era una nariz alargada. Sus ojos minúsculos solo eran algo más pequeños de lo normal.
Aún así, no era un rostro bonito, ni una silueta agradable.
Se secó la cara y las manos, y volvió hacia su habitación.
En su cama las mantas enrolladas parecían formar un cuerpo tendido. Cuando las levantó para entrar, se quedó paralizada.
Tendida en la cama se encontraba ella.
Tenía los ojos abiertos, como contemplando la nada. Estaba inmóvil. No respiraba, no parpadeaba.
Sus brazos se cruzaban en su pecho, y sus manos aún reposaban en su cuello, como si siguieran apretándolo.

Materia

El mar azul se lanza con fuerza sobre las rocas, dolorosamente. Daña sus olas inmateriales, seres sin cuerpo que parece que tratan de escapar desesperadamente del océano, con las agujas negras de lava que sobresalen en el acantilado. Un aerosol de espuma blanca cubre como una manta el borde del agua, parece una luna hecha trizas. Luego cae e inútilmente trata de aferrarse con millones de dedos transparentes a la piedra.

Pero vuelve al mar inevitablemente. Y vuelve a lanzarse y a caer. Vuelve a creer en su ser, vuelve a ser casi sólida para convertirse en unas simples manos líquidas sin capacidad de empuñar las espadas negras que se clavan en su figura incorpórea, desgarrándola. Sangra, y su sangre es tan intangible como su forma. Sus manos son sólo caricias efímeras, pero perseverantes.

Vacío

Ahora tenía miedo de algo mucho más terrible. Tenía miedo de que cada vez tenía menos miedo.



(A veces las palabras no pueden expresar lo que la ausencia de palabras explica detalladamente, y el vacío tras el punto final está más lleno de significado que todas las palabras que se encuentran antes de él.)

.

Cada vez le resulta más difícil salir a la calle. Es como si estuviera en una reclusión voluntaria.
Esta reclusión voluntaria también se ha traspasado poco a poco a su mente. Ni siquiera yo sé llegar hasta ella.
Antes tenía facilidad para escribir sus sentimientos, ahora todo lo escrito resulta inconexo, indescifrable. Quizá ni siquiera ella sea capaz de entenderlo completamente.

He intentado varias veces descifrar qué pasa por su cabeza. Pero todas y cada una de estas veces me ha sonreído y ha conseguido desviar la conversación a algo gracioso o banal, hasta que me olvido o me doy cuenta de que no podré conseguir entender nada.

Su sonrisa parece sincera. Parece tan sincera que no puedo evitar preguntarme cuándo dejó de sonreír de verdad.

No es la misma desde entonces, ambas lo sabemos. Creo que a ella no le importa. Ahora mismo es como una mula que trabaja día a día sin pensar, sin vivir. Cumple su función de sobrevivir y de hacer creer a todos que su vida sigue siendo igual y que sus ojos son tan alegres como antes.

Quizá deba dejar de importarme a mí también y abandonarme a la simple existencia de cumplir con mi papel en la vida. Quizá los humanos no seamos tan importantes, somos solo una pequeña parte del universo que a nadie importa si vive o si muere.

Pronto seremos como hormigas, y ya nada importará.

La lágrima

Otra noche que decido pasar pegada al cristal de la ventana. Hace mucho que no consigo dormir.
Solo el viento se atreve a susurrar esta noche. Susurra sobre los reflejos blanquecinos de la luna en las copas de los árboles.
Aprovecho el reflejo en la ventana para observarla a ella. Tampoco duerme, pero no cruzamos palabras.
Está sentada en su sofá, con la mirada perdida de los que nunca han podido encontrarla realmente. Está quieta, aunque juraría que a veces acaricia con los dedos el terciopelo viejo, endurecido y apelmazado que cubre el reposabrazos, sin apenas mover la mano. Por lo demás, está completamente rígida. Y pálida, siempre está pálida.
No parece molesta por el fuerte olor a putrefacción que desde hace unos días invade la casa. Ni una mueca, ni una palabra; casi parece que no lo hubiera notado.
Sin embargo, hay algo inquietante en su no moverse, en su silencio. Y sobre todo en sus ojos perdidos. No puedo verlos realmente. Un conjunto de sombras se han encargado de que tomen forma de pozo profundo. Sin embargo, cada vez que los miro parece como si se clavaran en mí y a la vez me atravesaran para observar por la ventana.
Una lágrima oscura se desliza por su mejilla. El oscuro reguero se divide y pronto descubro que la lágrima tiene cientos de cuerpos que recorren con miles de patas desesperadas su cara, invadiéndola con chillidos agudos.
Abro la boca horrorizada, y el reflejo de la ventana me devuelve el gesto. La marea de patitas se precipita desesperada hacia el interior del último pozo descubierto.

Me hacen cosquillas en la garganta.

Cebolla

Ella se encuentra de espaldas a mí. El sonido del cuchillo es rítmico. La cebolla cruje bajo su filo.
La televisión crepita y de vez en cuando se oyen trozos de noticias catastróficas, frases que quedan cortadas de manera poco elegante. La imagen es gris y arenosa.

Veo su rostro reflejado en un caldero sobre el fuego. Su nariz es larga y sus ojos grandes.
Está concentrada en cortar. El olor de la cebolla me hace saltar las lágrimas.

Se gira un poco para apartar su pelo largo y sin brillo, y su reflejo en una tetera metálica me devuelve una mirada perdida con unos ojos pequeños y una nariz porcina.

El sonido del agua goteando se une al compás del cuchillo. Busco con la mirada, pero no es el grifo. Un líquido rojo se precipita desde la mesa sobre la que ella está apoyada. Cae en una olla situada a su lado, en el suelo, con un sonido metálico.

Ella alarga un poco la mano izquierda para coger otra cebolla, salpicando con un reguero rojo oscuro. Su mano está pegajosa.

Miro mi mano por acto reflejo. Las moscas se agolpan sobre la sangre seca de mis dedos.

Cuando termina de cortar, añade la cebolla rojiza al caldero.

Gris

A la luz de la luna, solo veo un cadáver de un burro gris.
Está tumbado en un lecho cómodo, espeso y oscuro.
El sonido crujiente y zumbante de la descomposición se mezcla con el del viento que revuelve las plantas muertas y frías a su alrededor.
El burro no se queja siendo devorado por el tiempo y por la vida. El hocico de un lobo moviéndose en su interior a veces hace parecer que respira.
En las cuencas de los ojos del lobo, hay supervivencia. Dentro de las del burro, varias manos agitan unos deditos minúsculos y blanquecinos que buscan alimento en el barro rojo.
El gris está tranquilo así.
Cuando llega el momento, el gris se pone en pie y se marcha, dejando al lobo y un rastro de tripas en su cama.

A la luz de la mañana, veo al mismo burro tirando de su arado. En sus ojos todavía habitan los gusanos.

Pequeña

La pequeña dedica todas sus horas a este trabajo. Con sus pequeñas y rápidas manos, mueve sus deditos diminutos con una precisión delicada. Toma una "a" y la transforma en una "e". Toma una interrogación y separa el punto del resto del signo. Coloca el punto en su sitio, y se reserva la otra parte, con la que más adelante hará seguramente una "g".

La "g" siempre ha sido su letra favorita. Le gusta deleitarse haciendo florituras con el ganchito de abajo, y hacer un gracioso círculo en la parte de arriba.

Así, día tras día, se dedica a traducir miles de palabras encerradas en celdas diminutas a algo que no haga daño al abandonar la prisión.

No sabe exactamente qué problema hay con esas palabras. Solo sabe que, tal y como están puestas, en ese orden, por muy correctas que sean sintácticamente, hacen daño al salir. Se atropellan y se atragantan. Y sabe que si no salen, se acumulan impidiendo que Ella pueda respirar.

Sabe que tampoco puede hacer mucho. Aunque fuera más rápida, las palabras vienen a una velocidad muy grande y siempre quedan restos de aes tiradas por todas partes -"¿por qué utiliza tantas aes?" se ha preguntado siempre la pequeña.

A veces se salta las normas y echa un vistazo a las frases o las palabras y recuerda por qué prefiere ser buena y no mirar. Rara vez hay palabras positivas encarceladas. "¿Será por eso que las encierra con tanta insistencia?" se pregunta. Pero su pregunta solo resuena y resuena, y sus palabras acaban en una de las cárceles, apretadas entre gritos silenciosos de esos que luego tendría que transformar en palabras como éstas.

Planetas

Nos faltó ese momento.

Lentamente, el nudo en el que se habían cerrado nuestras manos comenzó a aflojarse inevitablemente.

El nudo se desplazó de nuestras manos a mi garganta. Ahora apenas nos unía el tacto de nuestros dedos.

El viento secaba unas lágrimas que ninguno queríamos dejar salir.

El mundo se detenía poco a poco en ese instante eterno. No había más que un silencio intenso capaz de enmudecer el ajetreo de la ciudad.

Mi mente quería retener hasta el más mínimo detalle de ese momento, sabiendo que tendría que alimentarme del recuerdo durante demasiado tiempo, pero nudo de la garganta lo impedía.

Dicen que cuando morimos vemos nuestra vida pasar por nuestros ojos. Una parte de mí que se sentía morir convirtió mis pensamientos en un corcho seco que solo contenía imágenes de tiempos mejores, en los que no existía el adiós.

Un planeta se alejaba de la órbita de otro planeta y el mundo seguía su curso.

Los planetas estiraban sus brazos para continuar unidos por ese único roce que significaba que aún estaban juntos.


El universo terminó de separarlos. Los dedos estirados de los planetas ya no se tocaban.

Dry Blue Eyes

Yo soy quien se encarga de sacarles adelante. Después de la guerra, ellos no han sabido hacerlo por sí mismos. Pero ¿qué puedo hacer? ¿Dejarles perderse, desaparecer? Morirían. Solos no tienen ninguna oportunidad.
Yo los encuentro en los rincones en los que nadie quiere mirar.

Ella estaba en el callejón, tras la antigua panadería. Seguramente había intentado rescatar restos carbonizados de pan viejo. A lo único a lo que aspiraba era a un trozo de pan mohoso y duro.
La encontré aferrada a una piedra como si le hubiera ido la vida en sostenerla.
Al principio pensé que estaba inconsciente. Pero entonces vi que tenía los ojos abiertos.
Y yo no podía parar de mirar sus ojos, porque un fino mechón de su pelo rubio y sucio se clavaba en su iris azul y no había hecho nada por impedirlo. Ni lo había apartado ni cerraba los párpados. El mechón se clavaba en el charco seco de sus ojos y yo no podía apartar la mirada.
No sé qué habría pasado si hubiese llegado más tarde.
La cogí en brazos con mucho cuidado. Tenía miedo de romperla. No pesaba nada.
No sabía que hacer. Me maldecía a mí misma por no saber cómo tratarla. Sospeché que estaba deshidratada y vine con ella todo lo rápido que pude sin correr el peligro de que se resquebrajase entre mis manos.
Nunca me he sentido más impotente que cuando trataba de hacerla beber. No había manera de hacerle entender que tenía que tragar el agua.
Uno de los bebés del fondo lloraba, pero yo no podía hacerle caso. Sus gritos eran demasiado potentes y llenos de vida como para que mi cerebro pudiese escucharlos.
Yo no soportaba ver sus ojos azules sin vida, así que se los cerré.
Cuando por fin conseguí que tragara algo de líquido, mis sentidos volvieron a funcionar un poco.
Estuve horas, días a su lado, hidratando su cuerpecito delgado muy poco a poco.
Y hoy ha abierto los ojos por sí misma. Me miraba. Sus ojos me suplicaban algo que quizá fuera la muerte, pero yo no podía concederle ese deseo. No todavía.
Es posible que no sobreviva. No sé qué más le pasa y me maldigo a mí misma por no saber más cosas para poder curarla...
Ahora duerme de nuevo, y yo solo puedo dejar que pase la noche para pasar otro día a su lado, y otro, y otro.

Caricia.

Se tragaba las palabras como si tuviese miedo a soltarlas.
Se sentía siempre al borde de un precipicio. Si salían de su cerebro caerían y morirían en una hendidura de tierra para ser olvidadas.
También ella tenía miedo de caer. No quería ser olvidada.
Pero ya se sentía olvidada. Se desvanecía poco a poco. Su ausencia aquí o allá iba borrando lo que quedaba de su rostro en las viejas fotos que unos y otros guardaban en el fondo de un desván.
Sabía que cada vez quedaba menos tiempo para desaparecer por completo.
Su nueva condición medio borrosa, casi fantasmal, le había proporcionado la habilidad de trasladarse de un lugar a otro como una brisa de aire.
Se dejaba llevar.
Comenzaba a acostumbrarse a que el viento fuese quien la moviese. Se había acostumbrado a desacostumbrarse. A los besos, a las sonrisas.
Ahora invertía la mayor parte de su tiempo en convencerse a sí misma, a lo que quedaba de ella, de que estaba donde tenía que estar.
Pero cada vez quedaba menos de ella en todas partes.

Recuerda que no recuerdas.

¿Sabes cuando miras ese objeto que das tan por hecho que está ahí? Pasas la mirada por encima, casi sin verlo. Sabes que es su sitio natural. No te hace pensar nada.

Sin embargo, tu cerebro sabe que pertenece a esa persona, o que está ahí porque aquella otra persona lo puso porque le parecía mejor sitio, o por distracción, o que viene de aquél lugar que deberías recordar y que no estás muy segura de saber siquiera si existe o no. Sabes que lo cogiste aquel día de verano con... ¿cuántos: cinco años, seis? y le diste un uso nuevo.

Sabes que lo pusiste en la casa de tu muñeca, y también dentro de tu coche teledirigido.

También recuerdas cómo se veía entre tus manos, más pequeñitas y más blandas, y casi siempre más llenas de tierra por haber jugado fuera.

Notas bajo tus dedos cómo te aferraste a él cuando la tierra temblaba y no podía existir un futuro.

Casi puedes sentir, incluso, las manos que te lo dieron o te lo quitaron, demasiado suaves para ser tan violentas.

Puede que la mayoría de estos recuerdos no fueran siquiera verdaderos. Pero están ahí, almacenados en ese baúl sin fondo al que llaman cerebro, que lo guarda todo y a veces no te permite sacar nada.

Cada una de las partes de ese objeto es capaz de evocarte miles de sensaciones.

Hoy te hará sentir una niña.
Mañana, una anciana.

¡Gracias por leer mis estupideces!