El reloj

"Se encontraba en un pequeño claro del bosque, su lugar favorito. Iba allí siempre que necesitaba escapar de la ajetreada vida en casa, con sus adultos y sus problemas.

Sus pasos en el suelo recubierto de flores y hojas secas eran ágiles y silenciosos; sin embargo hoy iba distraída y tuvo que apartar sus pie con rapidez antes de aplastar lo que al parecer era un pequeño objeto que se había interpuesto en su camino.

Miró hacia el suelo para descubrir qué era y vio un pequeño reloj, como de bolsillo, abierto, reflejando la luz del sol de la tarde.

Con sus delicados dedos a modo de pinzas, tiró con suavidad de la cadena y la alzó hasta que el reloj quedó a la altura de sus ojos.

Estaba parado, a las cinco menos cinco minutos y treinta segundos.

Se puso de puntillas y alcanzó a ver la hora que marcaba el reloj del campanario. Las cinco en punto.

Dirigió de nuevo su vista al reloj y lo agarró con su mano libre, y lo notó cálido. Como si alguien lo hubiera dejado caer allí y se hubiera ido sin más.

Se quedó muy quieta esperando oír los pasos del dueño del diminuto reloj, al cual aferraba entre sus manos.
Sin embargo, todo lo que oyó fue un tic-tac que afloraba de entre sus dedos.

Abrió las manos sonriendo: el reloj estaba en marcha de nuevo."

Monólogo de la pianista

"Toco desde que tengo memoria. Al parecer, siendo muy pequeñita, en una de las fiestas de mi madre, la oí tocar. Dice que me acerqué tanto al piano que tuvo que pedirme que me apartara un poco porque no la dejaba seguir. Yo miraba embobada cómo sus dedos largos pulsaban las teclas y cómo subían solas… Supongo que fue lo que llaman “amor a primera vista”. Mamá me subió a su falda y me puso las manitas encima del piano, y jugando con ellas como con las de una marioneta me hizo tocar una melodía. Me sentí casi como una diosa, creando música con unas manos tan chiquititas como eran, que cabían las dos enteras en una mano de mi madre.

Ese año, por mi cumpleaños, tío Johann me regaló un piano chiquitito. Ahí aprendí todo lo básico; mamá me enseñó las notas y algunas canciones que tocaba ella de muy pequeña. Aún lo guardo, y cada vez que lo saco lo encuentro más minúsculo.

Hacía años que no tocaba el piano. Pero cuando he visto este… ¿Sabes? Es igual al que tocaba mi madre. Igual. Es precioso… Pensé que no volvería a ver un piano así, con los tiempos que corren. Debe de ser muy antiguo. El nuestro quedó destrozado cuando… Bueno, ya sabes. Y yo no pude tocar desde entonces. Qué tontería ¿no? Quiero decir, que hasta entonces el piano había sido algo así como mi escape…

Pero mejor no hablar más de estas cosas. Si vine a tu casa fue para poder dejarlas atrás… Disculpa que te contara todo esto. Verás, para serte sincera, me da la sensación de que eres la única persona cuerda que hay aquí y supongo que llevaba demasiados días en silencio. Y te agradezco tanto que me dejes estar aquí… Quisiera ayudarte, porque no hace mucho que yo estuve en tu situación o algo parecido. Y tu padre fue siempre muy bueno con mi familia; siento que te debo algo.

Sigo sin creer que ya no estén, ni tu padre ni mi madre. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo dejamos que pasara?"

Carta a Nina

"Querida Nina,
Han caído unas gotas, las primeras del otoño.

Tenía la ventana abierta y entonces entró olor a tierra mojada. Y por algún motivo, me sentí como si me hubieran trasladado un segundo a casa. Sí, a CASA. En mayúsculas. No aquí.
Era un olor extraño para estar en la ciudad; no me lo esperaba. No en este edificio en el que vivo. 
Así que el olor ha venido flotando y se ha colado entre las cortinas blancas de encaje que se ondearon unos segundos con el viento. Comenzaba también el frío.
La lluvia ha parado tan súbitamente como empezó, pero ha dejado todo un río de dudas y pensamientos que no sé cómo contarte.


Aquí en el futuro todo va bien, al menos dentro de lo que se puede esperar. Estás persiguiendo tus sueños, viviendo aventuras y conociendo lugares y personas únicas.

Aún así, no va bien.
Por algún motivo, has encontrado que no deberías de estar donde estás y aún así tienes la seguridad de que no hay vuelta atrás.
Estás viendo cómo tus esfuerzos se escurren por el más pequeño agujero, que pasó desapercibido. No hay camino hacia adelante, pero tampoco puedes volver.
No quieres decepcionarte, quieres terminar lo que empezaste, lo sé.
Nina, te juro que hay momentos en los que me gustaría que leyeras esto y cambiaras de idea. Quizás fuera doloroso no perseguir este sueño. Puede que me dieras una bofetada si te dijera estas palabras; tú siempre creíste firmemente en tirarse a por todas. Pero ¿qué dirías su supieras con seguridad que no lo estás consiguiendo? 

Bueno, dirías que lo intentara más fuerte.
Pero te aseguro que hoy, justamente hoy, no entiendo qué haces tú aquí. No deberías. Quisiera protegerte. 

Ya es tarde.
Te lo cuento a ti, y sólo a ti, porque no quiero palabras de ánimo. No quiero palabras vacías. No quiero que me digan que puedo con todo y más. Sé que puedo sobrevivir, ¡claro que puedo, joder!
Y tampoco quiero decepcionarte. Quiero terminar lo que he empezado.

Aún así... ¿Cómo cojones piensas sobrevivir aquí? Si te decepcionas cada día por no estar ni aquí ni allá; por haber venido para nada; por ser una carga...
Lo siento, no quiero hacer que te sientas mal. De hecho te admiro. Admiro tu determinación y tu energía y tus ganas... pero a mí todo esto se me está agotando y me odio por ello.
Nina... quisiera volver a verte pronto. Creo que me haces falta, porque no aguanto estar aquí en medio de la nada.
Un abrazo enorme; sé que lo necesitarás."

Elise

"Elise se sentía poco especial aquel día.
Sentada en su pequeño sillón blanco como la nieve, miraba por la ventana de su habitación sintiendo una especie de miedo irracional a ser una persona quizás no del montón, pero sí poco importante.
Tenía miedo a que no la quisieran, de que no notaran su presencia o su ausencia. Últimamente incluso tenía la sensación de que los mayores jamás miraban abajo para mirarla a los ojos, y no se atrevía a participar en sus conversaciones porque temía parecer tonta -aunque, no pocas veces, ellos dijeran lo que ella estaba pensando un segundo antes.
Decidió dar un paseo por el jardín, y, a la sombra de su roble favorito, pensó que todos en este mundo tenían algo especial, y que ella también debía tenerlo.
Elise arrancaba el césped con una mano mientras observaba pensativa a una mariquita que trataba de escalar por una flor. Reflexionando, buscaba qué era ese algo que la convertía en especial, pero era incapaz de encontrarlo. Y aunque a veces parecía vislumbrarlo, se le escapaba de la mente al segundo.
Una hoja del roble se desprendió, y de golpe, le pareció mucho más delicado de lo que le había parecido nunca aquel árbol tan fuerte y que tanta seguridad le aportaba. Así que agarró la hoja del suelo y decidió guardarla. Pensó que quizás era cuestión de tiempo descubrir lo que la convertía en una persona especial, porque a veces nos cuesta ver más las cosas que están justamente frente a nuestros ojos."

Fleetingness

¿Qué es la vida en sí?
Existimos, venimos a este mundo sin ningún fin más que el de transmitir nuestros genes. No somos nada, ni una mota de polvo, para el universo.
Somos frágiles, efímeros. Nos damos más importancia de la que tenemos, y nos duele descubrir que nuestras ínfimas vidas pueden acabar, que podemos sufrir, que nos puede pasar cualquier cosa. No queremos darnos cuenta de que todo lo malo es parte de la vida, de que no hay nada más. No hay suerte, no hay nadie jugando con nosotros. Nada se oculta tras lo que llamamos trascendental. Por eso además siempre nos pilla por sorpresa el que la vida nos ataque con algo.
Además, creamos lazos entre nosotros. Lazos que, en el fondo, no son más que trucos de la evolución para perpetuar la especie. Y sufrimos por ellos.
Hoy me siento muy pequeña; insignificante. Me paro a pensar y encuentro que todo carece de sentido, incluso esta reflexión. Siento que todo lo que pienso, que el mundo, que la existencia en sí, que todo lo que me rodea es algo casi intangible, fugaz. Algo que morirá conmigo.

Campos de fresas

Voy en un globo de aire caliente, surco el cielo.

Atravieso sueños, arcoíris, tormentas.

A veces el peso de mis decisiones me hace perder altura, y, preocupada, busco la manera de desprenderlo, pensando en que pronto se hará de noche. Olvidando mirar hacia adelante para descubrir los rayos de luz que se atreven aún a asomar tras un horizonte lejano cruzando el cielo naranja, despidiéndose del día.

Mi globo flota suavemente recortando su perfil en el cielo. Por debajo, grandes campos de fresas se extienden hasta donde alcanza la vista, bañando colinas y laderas de un verde tan cálido que se acentúa con la luz del atardecer, y me hacen sentir segura a pesar de la altura.

Sueño con bajar; parar en mi viaje y ser una niña, y tirarme rodando por las verdes faldas de las montañas riendo a carcajadas con una amiga. Correr y esconderme, apretarme mucho al piso para que nadie me vea y sentir el olor de la tierra y las fresas. Acabar acostada, boca arriba, mirando el lento desfile de las nubes de algodón rosado y encontrar que tienen forma de estrella, o de pato enorme. Y soñar. Sueño con soñar.

Mi globo flota suavemente en el cielo, y tengo todo un mundo por delante.

Lost in thought

Me desperté y sin saber muy bien por qué, sentí que había perdido algo. Y con los ojos cerrados y la mente aún sin despertar, navegué entre recuerdos ligeramente borrosos de un sueño. Entonces descubrí que fue sólo eso, un sueño.
Pero mientras dormía, mi realidad era esa. Había perdido algo.
Me sentí absurda por tener miedo de una pesadilla.
Era uno de esos días en los que sólo necesitaba que me abrazaran fuerte y me hicieran sentir segura, y me trajeran un té calentito con leche y miel a la cama, y ver una película estúpida.
Ese día yo era una niña perdida en un mundo de adultos.
Y así como me sentía, tan pequeña, no fue fácil recuperarme. El miedo se me había metido ya en el cuerpo y se asentaba pasando a un plano más real, queriéndome hacer pensar algo así podría pasar.
Mantenía los ojos cerrados, muy apretados. Tuve miedo del mundo.
Me quedé así mucho tiempo. No sé cuanto. Con los ojos cerrados, el tiempo siempre transcurre de forma diferente.
Cuando me tranquilicé respiré profundamente y me dije a mí misma que no era real. Que cuando abriera los ojos, lo olvidaría. Se convertiría en una imagen cada vez más borrosa hasta que finalmente desaparecería, como suele pasar con los sueños.
Entonces abrí los ojos.
Y en ese momento descubrí que era verdad. Que el único sueño había sido pensar que era un sueño.
Y sentí la pérdida por segunda vez y como si fuera la primera.

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La verdad es que no sé muy bien de dónde ha salido este texto.
No es algo que me haya pasado, y encima ahora mismo tengo mil motivos para estar contenta. Y sin embargo hoy me desperté algo melancólica y mimosa y estúpida, y sólo me salía escribir esta cosa rara.
Supongo que en realidad sí que me gustaría que me abrazaran fuerte, y ver una película tonta con té calentito sin tener que decir nada de nada, y sentirme segura.

¡Gracias por leer mis estupideces!