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Impotencia

Es como navegar en un colador. Entra agua por todas partes.
Todo decide darte la espalda. Incluso tu propia mente. Qué digo. Sobre todo tu propia mente.
Tengo ganas de lanzarme a la vida con un cartel de "No estoy" colgado en la frente.
Que todos se traguen sus palabras y sus juicios. Creedme, bastante tengo con los que me hago a mí misma.
Mi cabeza y mi cuerpo se niegan a colaborar conmigo. 
Y el reloj continúa con su discurso. "No puedes rendirte, tic; no puedes rendirte, tac".
Es difícil salir ileso, los enemigos se esconden en todas partes. Son más peligrosos de lo que crees. Y más cuando descubres que eres tú el mayor enemigo que tienes. No hay escapatoria.
Qué contradictorio. Uno debe ser a sí mismo su mayor apoyo, pero es a la vez la mayor fuerza opuesta.
Me gustaría ser coherente, pero no escribo para serlo. Escribo para tapar agujeros, o al menos para olvidar un rato que existen. Y son ellos mismos quienes se niegan a ser coherentes...

Árbol en otoño

Hoy he mirado al suelo por primera vez en mucho tiempo y está más lejos de lo que recordaba, cubierto de mis propias hojas. 
No me había dado cuenta de lo marrones y quebradizas que se ven mis ramas sin ellas.
Es mi primer otoño.
Antes era casi verde al completo. Mis hojas eran verdes y tiernas, y disfrutaban la caricia del rocío por la mañana.
Antes la tierra húmeda refrescaba mis raíces, que hoy se agarran con aún más fuerza a la sequedad de este prado. Ahora el viento me golpea.
Acabo de recordar que una vez tuve flores blancas. Las abejas me hacían cosquillas al posarse en ellas.
El amanecer era entonces un bien esperado. Me permitía a mí mismo disfrutar de la luz durante el día. Me refrescaba en la noche.
Estoy cansado. Ahora nada es bueno. El sol es escaso de día y me horroriza ver que es insuficiente, y por eso temo siempre que llegue el albor. Pero la noche tampoco me agrada: es tan fría y silenciosa que me hiere.
Me gustaría poder cerrar los ojos y dejarme morir. Sin embargo, los ojos siempre terminan por abrirse para demostrarme que sigo vivo. Y seguir vivo se ha convertido en un castigo inevitable...


Un día se me acercó un hombre. 
Se colgó de mi rama más fuerte intentando morir.
Mi rama se partió. Se partió mi rama, y él seguía vivo.
Recogió su cuerda. No lloró. La recogió y susurró, como si supiera que yo le oía: "Lo más trágico de la muerte es seguir vivo". Y se fue.
Esa noche llovió, por primera vez en muchísimo tiempo. Mi rama seguía tirada en el suelo, y fui consciente de que con el tiempo sería mi propio alimento.
Y aún así, yo seguía vivo.

Hola, gracias.

He vuelto de otro "descanso" del blog. Lo pongo entre comillas porque admito que lo extraño muchísimo, pero no encuentro últimamente tiempo para escribir más que en la pequeña moleskine que llevo siempre conmigo y que estoy a punto de terminar.

Tiene sus ventajas eso de escribir a mano. A veces me dejo llevar por el momento y las palabras se transforman en dibujos imposibles que jamás verá el mundo.

Aún así, hay tantas cosas que no soy capaz de sacar abiertamente casi que ni desde mi mente, que escribir aquí me sirve de terapia. Es mi grito mudo al mundo que me rodea.

Sé que tampoco sois muchos los que me leéis -si es que alguien me sigue leyendo-, pero me reconforta saber que algunos estáis ahí, y que mis pensamientos traducidos en metáforas o historias inconexas no se quedan ocultos para siempre en los rincones de mi cabeza.

Sé que este tipo de entradas carecen de interés, probablemente muy pocos la lean... Pero aún así, necesitaba recordar aquél que haya llegado hasta aquí lo agradecida que estoy, y lo importante que puede ser aunque nos separen miles de kilómetros... porque al fin y al cabo, mientras yo escribo y tú me lees, ambos no estamos solos.

Basta

La luz del atardecer es naranja, y se ve la silueta de una niña con vestido avanzando por la cuerda floja. Pone un pie delante del otro una y otra vez; a veces su mirada es como la de una autómata.

Da un paso en falso y sus ojos despiertan. No se cae. Se mantiene a salvo y continúa caminando. Caminando, caminando, caminando.

La cuerda se alarga a cada paso que da, y se afloja cada vez que duda.

Ella no quiere estar ahí, pero traga saliva y mira poco hacia abajo, donde la tierra se ha abierto para dejar una herida abierta de color verde que sangra agua cristalina.

El paisaje es hermoso, todo verde bañado en luz de sol.

Nadie sabe quién es o por qué está ahí. Se la ve cerrar los ojos con fuerza un segundo, queriendo retener emociones que le impiden ver su camino y avanzar.

Es como un personaje de Chéjov, pero sin encanto. Es insignificante. Es polvo.

La cuerda cada vez se afloja más. El peso de la responsabilidad la obliga a continuar, ya que si no avanza, cae con todo.

A veces sus labios se mueven, cuando susurra que quisiera dejar de ser polvo y ser una pluma, y caer sóla y aún más insignificantemente. Caer lentamente, inadvertidamente, suavemente. Arrastrada por la corriente de aire fresco que le revuelve el pelo suelto que se enreda en sus pestañas, como queriendo acariciar sus ojos y decirle: "basta, basta".

Susurra, pero el viento traga sus palabras que nunca serán oídas.

Basta, basta.

El reloj

"Se encontraba en un pequeño claro del bosque, su lugar favorito. Iba allí siempre que necesitaba escapar de la ajetreada vida en casa, con sus adultos y sus problemas.

Sus pasos en el suelo recubierto de flores y hojas secas eran ágiles y silenciosos; sin embargo hoy iba distraída y tuvo que apartar sus pie con rapidez antes de aplastar lo que al parecer era un pequeño objeto que se había interpuesto en su camino.

Miró hacia el suelo para descubrir qué era y vio un pequeño reloj, como de bolsillo, abierto, reflejando la luz del sol de la tarde.

Con sus delicados dedos a modo de pinzas, tiró con suavidad de la cadena y la alzó hasta que el reloj quedó a la altura de sus ojos.

Estaba parado, a las cinco menos cinco minutos y treinta segundos.

Se puso de puntillas y alcanzó a ver la hora que marcaba el reloj del campanario. Las cinco en punto.

Dirigió de nuevo su vista al reloj y lo agarró con su mano libre, y lo notó cálido. Como si alguien lo hubiera dejado caer allí y se hubiera ido sin más.

Se quedó muy quieta esperando oír los pasos del dueño del diminuto reloj, al cual aferraba entre sus manos.
Sin embargo, todo lo que oyó fue un tic-tac que afloraba de entre sus dedos.

Abrió las manos sonriendo: el reloj estaba en marcha de nuevo."

Carta a Nina

"Querida Nina,
Han caído unas gotas, las primeras del otoño.

Tenía la ventana abierta y entonces entró olor a tierra mojada. Y por algún motivo, me sentí como si me hubieran trasladado un segundo a casa. Sí, a CASA. En mayúsculas. No aquí.
Era un olor extraño para estar en la ciudad; no me lo esperaba. No en este edificio en el que vivo. 
Así que el olor ha venido flotando y se ha colado entre las cortinas blancas de encaje que se ondearon unos segundos con el viento. Comenzaba también el frío.
La lluvia ha parado tan súbitamente como empezó, pero ha dejado todo un río de dudas y pensamientos que no sé cómo contarte.


Aquí en el futuro todo va bien, al menos dentro de lo que se puede esperar. Estás persiguiendo tus sueños, viviendo aventuras y conociendo lugares y personas únicas.

Aún así, no va bien.
Por algún motivo, has encontrado que no deberías de estar donde estás y aún así tienes la seguridad de que no hay vuelta atrás.
Estás viendo cómo tus esfuerzos se escurren por el más pequeño agujero, que pasó desapercibido. No hay camino hacia adelante, pero tampoco puedes volver.
No quieres decepcionarte, quieres terminar lo que empezaste, lo sé.
Nina, te juro que hay momentos en los que me gustaría que leyeras esto y cambiaras de idea. Quizás fuera doloroso no perseguir este sueño. Puede que me dieras una bofetada si te dijera estas palabras; tú siempre creíste firmemente en tirarse a por todas. Pero ¿qué dirías su supieras con seguridad que no lo estás consiguiendo? 

Bueno, dirías que lo intentara más fuerte.
Pero te aseguro que hoy, justamente hoy, no entiendo qué haces tú aquí. No deberías. Quisiera protegerte. 

Ya es tarde.
Te lo cuento a ti, y sólo a ti, porque no quiero palabras de ánimo. No quiero palabras vacías. No quiero que me digan que puedo con todo y más. Sé que puedo sobrevivir, ¡claro que puedo, joder!
Y tampoco quiero decepcionarte. Quiero terminar lo que he empezado.

Aún así... ¿Cómo cojones piensas sobrevivir aquí? Si te decepcionas cada día por no estar ni aquí ni allá; por haber venido para nada; por ser una carga...
Lo siento, no quiero hacer que te sientas mal. De hecho te admiro. Admiro tu determinación y tu energía y tus ganas... pero a mí todo esto se me está agotando y me odio por ello.
Nina... quisiera volver a verte pronto. Creo que me haces falta, porque no aguanto estar aquí en medio de la nada.
Un abrazo enorme; sé que lo necesitarás."

Días muy largos

Estoy muy perdida ahora mismo. Perdida y desmotivada y agotada.
Tampoco es algo que me impida continuar. Puedo seguir mi vida normalmente. Continuar con el día a día.
Eso es sencillo; simplemente no quiero quedarme atascada cuando la vida sigue.
Pero sinceramente no entiendo ya qué hago aquí. No pinto nada.
Debería estar allá. Quizás haya otra manera de perseguir un sueño.
Ahora no entiendo nada, y no sé si es porque ya queda poco y estoy cansada, o por qué... no sé.
Me pregunto si vale la pena. Y me da miedo el simple hecho de preguntarme estas cosas porque significa que tengo dudas ahora mismo sobre algo que creía tener seguro.
¿Vale la pena algo de lo que estoy haciendo realmente? ¿Vale la pena seguir aquí así?
Aquí no estoy dejando huella, podría irme sin dejar rastro.
De poco sirve lo que hago o no hago, y casi siento que más bien estorbo.
Me siento como un globo pinchado. Bastante inútil, prescindible, pero que al menos no revienta.
Como si la vida me inflara constantemente y yo me fuera haciendo agujeritos para poder continuar sin estallar, pero no tiene sentido.
Tampoco es que me importe mucho ahora mismo. Quiero decir que puedo seguir adelante y más o menos disfrutar de las cosas. Lo que pasa es que estoy muy, muy confundida y no tengo idea de cómo salir de aquí.
Ni sé pedir ayuda, ni sé si debo. Quizás es sólo una mala racha. Es más, seguramente lo sea.
Quizás deba dejar reposar las ideas, pero no hay tiempo...
Y escribo aquí porque estas ideas están ya haciendo presión adentro de mi cabeza y porque no sé expresar de otra manera qué sucede.

Desaparecer

¿No tienes días en los que simplemente quisieras desaparecer del mapa?
Apagar todo. Ordenador. Móvil. 
Y caminar hasta que desaparezca atrás todo lo que conoces. Hasta que no puedas más.
Ir a la montaña o al campo, a respirar aire por fin.
Dejar todo atrás sin preocuparse de nada.
Un día. Con eso bastaría. 
Deshacerse de todo el peso que te carga el mundo.
Tener tiempo para pensar sin más.
Sin juzgarte. Sin prisa.
Y tumbarte en el suelo simplemente a esperar la noche, mirando al cielo. Viendo cómo cambia de color, cómo se lleva todos los problemas, toda la impotencia, todos los gritos en silencio que el mundo se ha tragado.
Y al mirar la luna creciente, pensar que ella te observa igual, con su media sonrisa. Y estar en paz.
Pero es un deseo muy egoísta y muy imposible. Y hay cosas más urgentes y más importantes a las que atender.
Y hay problemas más grandes en el mundo como para centrarse en algo tan simple.
Sin embargo cuando pienso en escribir en lo que siento y teniendo en cuenta que es domingo...
Recapitulo en la semana, y quitando el "subidón" de la manifestación, que fue increíble... Lo que queda es esto.
Esta sensación que me aplasta, me agobia y me ahoga.
Esta sensación de haber gastado toda tu energía emocional durante la semana y no haber podido estallar, y sentirlo de golpe el último día. Sólo queda cansancio y ganas de olvidar y alejarse de todo.
Pero mañana comienza la vida de nuevo. Hay que madrugar y hacer lo de siempre, retando al mundo para no caer en la rutina.
Luchar otra vez con energías renovadas, que no sé muy bien de dónde voy a sacar.
Supongo que no seré la única, así que a todo el que lea esto le envío todos mis ánimos para empezar la semana. 
Yo me he propuesto no dejar que sea una semana más en mi vida, llena de monotonía y obligaciones. Cambiar mi manera de ver las cosas. ¿Qué harás tú?

¡Gracias por leer mis estupideces!